Esto que veo. Esto que leo. Esto que siento. Esto que escribo. Estoy que soy.

sábado, junio 12, 2010

Semana 2: Juliet, Naked


A todos nos preocupar ser, o terminar siendo, perdedores. En lo que sea. Absolutos, a medias o a cuartos. Peor aún: sin siquiera estar al corriente de ello. A Nick Hornby se le da retebien delinear ese tipo de personalidades, evidenciar su monumental incapacidad emocional disfrazada de cinismo. Y a partir de ellas, claro, hacernos reír. Total, no somos nosotros (aunque todos seamos un poco perdedores en algo) los exhibidos.
Con todo y que Juliet, Naked no me parece hilarante de principio a fin (como me lo parece En picado o Alta fidelidad), hay varios momentos que me arrebataron no risas, sino carcajadas. En particular esas absurdas situaciones cotidianas que dejan estupefactos a sus personajes, ya hechísimo a la idea de que la redención de sus vidas está más allá de su alcance. Además, la ligereza con la que Hornby es dado a tratar una vida naufragada provoca que uno, discretamente y como de paso, haga un breve autoexamen para cerciorarse de no estar incurriendo en ninguna burrada parecida. No vaya a ser.

Y a continuación les echo a per... ejem, comparto uno de los momentos que más me hizo reír:
Cuando Tucker, quien por primera vez está tratando de ejercer su papel de padre (tiene otros 4 hijos con los que ni lo intentó, o no mucho), y su hijo de 6 años, Jackson, están formados para pasar el punto de seguridad en un aeropuerto. Jackson lleva semanas obsesionado con la idea de que su padre pueda morir, y Tucker, previendo un berrinche que les impida subirse al avión, decide contarle que tanta alharaca es para detectar si alguien trae... pistolas. Incluso escondidas en los zapatos; de ahí que deban quitárselos. Jackson está muy atento a la explicación de su figura número uno, a punto de quedar conforme, cuando la viejita formada adelante de ellos voltea para decirle que no, que su papá le está diciendo mentiras, que no son pistolas lo que buscan, sino bombas, para evitar que alguien vuelva a hacer explotar el avión y se mueran todos. Tucker, claro, quiere matar a la viejita metiche.

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Tarde o temprano, la vida te lleva —o te obliga, más bien— a ir dejando por el camino un sinfín de equipaje. Lo que crees, piensas, sientes, percibes... siempre tiene caducidad. Y yo, simplemente, quiero ir cada vez más ligera. Si no es mucho pedir.

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